La idea de un perro en casa sólo me gustaba porque uno de mis dos hijos, decidido a tener un cachorrito, exponía sus razones, todas basadas en “el amor por los animales”, las cuales  me parecían lógicas y eran más valederas que el trabajo extra que una mascota   implica.  Dije entonces “sí” a que Sebastián, ocho años,  obtuviese lo que sus ojitos y corazón pedían.

Entendía de algún modo, en aquel momento, la importancia que tiene una mascota en la vida de los niños (y adultos) pero desconocía la experiencia real de convivir con una.  A mi conocimiento le faltaba el mayor ingrediente: acercarme al mundo animal.
Mi “sí”  vino definitivamente junto con una lista de deseos personales.
Yo me encargaría únicamente de observar y disfrutar a Sebi interactuar con el canino.   Así que lo dejé todo en  manos de padre e hijo: búsqueda y cuidado del pichicho…. incluyendo mi lista.   Ese fin de semana Sebastián y su papá  se pusieron en campaña. ¿Misión? Encontrar un perro chiquito, al que no se le caiga mucho pelo, que ellos bañarían, alimentarían, sacarían a pasear…etcétera, etcétera.  Muchos etcéteras.

Un domingo a la tarde llegó Stitch (su nombre quiere decir puntada).  No imaginé que fuese tan pronto.   El brillo en la mirada de Sebastián corroboraba lo que sentíamos con su papá: habíamos hecho lo correcto.  Por consiguiente Jorge y yo también teníamos una gran mirada de felicidad.  Éramos héroes.  Santa Claus y Los Reyes Magos juntos.   Habíamos colaborado en hacer realidad un sueño de Sebastián.  Misión cumplida.

Por otro lado, existía una cara de la historia que estaba teñida de gritos que crecían al volumen de alaridos, ejecutados por Sabrina, cinco años, que no se bajaba del sillón por miedo a que Stitch, cuyo tamaño sobrepasaba apenas el de un ratón, la “atacara”.  El miedo con mezcla de terror de mi hija duraron una semana durante la cual mi marido y héroe (ya dudoso)  había considerado seriamente la idea de devolver a Stitch.

Luego, por supuesto, se dio la magia que los perros o cualquier animalito trae a un hogar.  Sabrina se acercó a él, lo tocó un poquito con sus dedos.  Luego armó  coraje, abrió su mano y con la palma extendida, ¡LO ACARICIÓ!   De las caricias al abrazo transcurrieron segundos.  Y ahora Sabrina lloraba porque no quería compartir a Stitch con nadie.

Lo inevitable sucedió.   Stitch se convirtió en el centro de atención y una fuente de amor infinito… ¿Cómo es que con esos saltitos y cola agitándose para cada costado como un abanico eléctrico  pueden arrancar cuantiosas sonrisas y provocar tanto júbilo?

Yo pasé  esta primera etapa como “observadora con impulsos obsesivos”  tales como lavarme las manos cada vez que tocaba al perro.  Afortunadamente, al igual que Sabrina, mi transición también fue rápida y pronto Mamá  bañaba, alimentaba y jugaba con Stitchie (se pronuncia: stichi), como cariñosamente lo llamamos.  ¡Ya no salía corriendo a higienizarme las manos!  Mi lista de condiciones había dejado de tener valor alguno.

Llegaron las vacaciones cuatro meses después de Stitchie en casa y lo dejamos en el balcón donde él acostumbraba  estar hasta que lo viniesen a buscar para cuidarlo por una semana.  Mientras esperábamos nuestro vuelo a Cancún recibimos un llamado al aeropuerto.  La expresión de Jorge en el teléfono inmediatamente reveló  que algo no estaba bien.  Y así fue.  Stitchie no se encontraba en el balcón cuando lo fueron a buscar, ni en ningún rincón de la casa… tampoco en la vereda cuando, con gran dolor en el corazón, mi cuñado se asomó  a mirar.  ¿Dónde estaba Stitch?

Tres días pasaron…y yo desde un lugar paradisíaco sólo pensaba en nuestro perrito  queriendo  volver corriendo a buscarlo.  ¿Cómo  les explicaríamos a nuestros hijos la tragedia y el misterio de Stitch que ocultábamos en ese momento?  Recuerdo haberle dicho a mi marido tratando de buscar alguna solución, ”Que tal si compramos uno igual ….”   La respuesta de Jorge hizo añicos mi plan.  “Se verá igual, pero vendrá con su personalidad…, no se reemplazan tan fácilmente.  Stitch es Stitch.”  Llanto desconsolado.  El mío.

La buena noticia llegó tres días más tarde.  Stitchie efectivamente había saltado al vacio (tres pisos) y casi moribundo fue encontrado por ¡una vecina que no conocíamos y que en su juventud había trabajado rescatando animales!  Los ángeles están por todas partes y trabajan las veinticuatro horas.   El ángel que recogió  a Stitchino (como también lo llamamos), puso un dedo dentro de su boca  y sintió su aliento tibio.  ¡Estaba inconsciente pero vivo!  Le dio respiración boca a boca armando un canal  con su mano, lo tapó con una frazada, sacó  a los apurones a otro vecino del baño  y llevó  a nuestro Stitch de urgencia a una veterinaria.  ¡Aleluya por los carteles que Pablo y Vanesa pusieron en el barrio con la foto de Stitch junto al mensaje desesperado de querer encontrar a la mascota de Sebastián y Sabrina!  ¡Aleluya por la generosidad del ángel rescatador y el otro, y el otro… y cada ángel que  se acercó  y aportó  amor para que hoy Stitchie siga formando parte de la familia!

Stitch fue operado y cuidado con muchísimo amor.  Mi cuñado, responsable del exitoso rescate junto a su novia, nos contó  más tarde que cuando fue a visitarlo a la veterinaria, apenas Stich lo vio, a pesar del dolor, miedo, confusión y con sus piernitas traseras quebradas colgando, le movió la cola “en agradecimiento y regocijo”.  “Me reconoció, y en ese estado aun seguía desparramando amor,”  recordaba Pablo emocionado.   Stitch sabía que lo habíamos encontrado.

Así fue que diez días más tarde, Stitch con treinta puntadas en cada una de sus patitas  traseras y una aventura extrema a cuestas, regresó a su hogar.  Con felicidad y mucho cuidado lo recibimos en su etapa post operatoria, obteniendo de él tanto amor como de costumbre.  Stitch y su mirada que cambia según se sienta: como los humanos…

El cariño que regala es inagotable.   Sus  saltos que casi tocan el techo para agasajarnos cuando llegamos a casa siempre nos desprende una sonrisa.   En lo personal,  Stitchie me mostró  el mundo animal.  Me enseñó  el amor que encierran,el alma que poseen.

Silvia Patrono