Mira, Vela, qué honor tan inesperado trajiste contigo. Lo
digo con sonrojo, pero en Addanca me distinguen a mí con este hermoso
reconocimiento. No creo merecerlo porque sé que en esta labor hay muchas
personas más comprometidas y abnegadas que yo. Aunque también sé que me
portaría como un canalla si les hiciera el feo de no aceptarlo. Tampoco cabe
otra cosa que sentir orgullo, porque, en el fondo, lo que viene a decir es que
unas buenas personas reconocen en mí a otra buena persona, y esa es la mayor
honra a la que un ser humano debe aspirar. No le pondría importancia alguna si
viniera de cualquier otra parte. Pero viniendo de donde viene, no hay trampa ni
cartón. En lo suyo no hay doblez que valga. No tienen dinero, no ostentan poder
alguno, ni tienen prebenda que repartir. Se han echado sobre sus espaldas el
peso de defender a los seres más indefensos de nuestra sociedad y en eso no hay
beneficio tangible sino, por el contrario, enormes quebrantos y muchas, muy
grandes y muy urgentes necesidades que atender. Para mí, esto hace de su
distinción un privilegio todavía mayor.

Carta abierta a las autoridades del caso Vela  

El milagro de Vela y el apoyo de firmas


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