NO DEJEMOS QUE ESTA GRAN BELLEZA SE AUTO-DESTRUYA,
 CUIDEMOS DE NUESTRA NATURALEZA Y DE NUESTROS ANIMALES.

Os voy a desvelar mi lugar secreto de vacaciones: La Palma, la Isla Bonita.

Lo tiene todo para practicar el deporte favorito de tantos de nosotros, el turismo inactivo, pero también para perderte en sus selvas de laurisilva donde crecen tiles gigantes;
para tocar el cielo (y las estrellas) desde la Cumbre, a más de 2.000
metros de altura; para ver sobrecogido cómo ascienden las nubes en el
interior de la Caldera de Taburiente; para caminar por las cenizas aún calientes de los volcanes más recientes de Canarias.

Vivo como Robinson Crusoe, sin cobertura de móvil, sin carreteras de acceso, sin pueblos cerca. Pero mi retiro tiene truco.
Me quedo en la casa de unos amigos alemanes aislada en lo alto de un
acantilado desde donde contemplo en la lejanía a las islas hermanas de
Tenerife y La Gomera. Un Atlántico embravecido que todas las noches me
arrulla al ritmo que marcan los siempre enigmáticos cantos de las pardelas cenicientas, a las que al atardecer veo cabalgar por miles sobre las olas desde la ventana de mi habitación. Cuido siete gatos y una huerta ecológica maravillosa,
más bien un jardín: fresas, moras, mangos, papayas, aguacates, tomates,
alubias, cebollas. Disfruto de la lectura, de caminatas, hasta de las
famosas Fiestas Lustrales, e incluso estoy sacando tiempo para escribir un libro. ¿Se puede pedir más?

Sé lo que estáis pensando, pero no es verdad. No os lo cuento para daros envidia. Lo hago, como cuentan que hizo Luis Miguel Dominguín después de pasar su primera noche de amor con Ava Gardner. He salido corriendo al ordenador para contárselo a todo el mundo, no me lo podía aguantar.

Anuncios