Se llamaba Camille y era el último oso autóctono que quedaba vivo en el Pirineo.
El último superviviente de una vieja población que se enseñoreaba en
esas altas montañas desde antes de que los humanos llegáramos a ellas.

Ha costado muchos siglos, venenos, trampas y perdigones, pero al final lo hemos conseguido. Camille ha muerto.

El último indicio que se tuvo de este ejemplar fue una foto realizada por cámaras automáticas
de seguimiento de la especie el 5 de febrero de este año. Desde
entonces (casi 9 meses) no se ha vuelto a encontrar ninguna pista ni se
ha registrado ningún ataque suyo a ganado o colmenas. De acuerdo con los expertos, esta ausencia de información “prácticamente” certifica su muerte.

Su desaparición no ha sorprendido a nadie. Viejo, con más de 20 años en sus espaldas. Solo, el único que vivía de forma permanente en todo el Pirineo aragonés y navarro. Raro, el último del linaje pirenaico. Enfermo, con todo el culo pelado. Seguramente triste, pues Cannelle, la última hembra autóctona de toda la cordillera, murió por disparos de un cazador francés en 2004.

Los ejemplares eslovenos que se están reintroduciendo en el Pirineo central, apenas 20
en estos momentos, no son una subespecie diferente. Podrían ser la
esperanza para recuperar (artificialmente) la especie. Sin embargo, el rechazo frontal de los ganaderos
a su presencia no presagia nada bueno. Mientras no cambien estas
actitudes, el futuro de estos osos no será mejor que el del pobre
Camille.

Foto superior: Camille es fotografiado en otoño de 2009 comiéndose un
jabalí en un pastizal de Ansó, muy cerca del límite con Navarra, antes
de afrontar el que sería el último invierno de su vida. Ya entonces
presentaba un aspecto debilitado y enfermo (EFE).

Foto pequeña: Una de las últimas imágenes del viejo macho Camille. En
ella se aprecia claramente sus cuartos traseros pelados por culpa de
una enfermedad.

La Crónica Verde

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