CUENTO INSPIRADO EN UNA LEYENDA HONDUREÑA
Autor: RICARDO MUÑOZ JOSÉ
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La selva, atrapada en su fragancia, derramando ternura en los murmullos del arbolado, en el tarareo del agua, en el tiempo temblando en las ramas, bajo un cielo empedrado de breves nubes, y con los astros fondeados en la holgura de la distancia, le ponía residencia a unos
animalitos alados. La naturaleza les dio el nombre de mariposas. Era un septeto de distintos y lucientes colores. .

Verlas juntas arrancaba la admiración del resto de habitantes de la espesura.
Al surcar el aire, las siete tonalidades constituían la belleza en acción de vuelo. Las flores se consideraban desdibujadas ante aquella colorida conjunción. La madre natura exhibía el apogeo del placer al mostrarlas revoloteando. La septena de inseparables amigas, paseaban por la vegetación como un resplandor de combinados matices; cual un rutilante soplo escapado del cofre de los matices.

Mas, cierto día, una de ellas cedió al acoso del descuido, y una hambrienta espina asumiendo tan rudo destino, le clavó el mordisco. Al instante emergió en ella la incapacidad de movimientos, y ya no pudo secundar el aletear de las compañeras. En las otras seis prendió la preocupación. La rodearon desconcertadas; ¡la herida manifestábase mortal! Galopes de incertidumbre les azuzaron el miedo. Esperaron, y la espera las envolvió en una silente marejada de angustia. Para ellas los sonidos percutían igual a gárgaras de guijarros. Los árboles agitaban las melenas a modo de espasmos desesperados, las aves amordazaron los gorjeos, las patas del resto de animales frenaron los recorridos. Las horas transcurrían con tranco lento, y tras rodar en progresión callada, emponzoñaban el ánimo de las seis. El temor crecía estrechando la atmósfera. Sólo oíanse los ecos del dolor de la desgraciada mariposa, porque escapábasele la vida entre los dedos de la agonía. Su existencia iba navegando hacia el apagón del adiós.
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Empujadas por la tristeza, las seis amigas volaron al núcleo del firmamento, a la morada de los dioses, transportando en el denuedo un pedido de ayuda.
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-Estamos dispuestas a realizar cualquier sacrificio a fin de no separarnos de nuestra compañera.
Una voz grave brotó de la profundidad del silencio.
-¿Están decididas a darlo todo para seguir unidas?
-¡Sí! Incluso, a dar la vida.
-El deseo se hará con ustedes.
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El cielo le puso al sol la venda de un nubarrón. De la hondura del espacio emergieron impetuosos vientos, que viajaron hacia la superficie acarreando una recreación desatada. Las nubes vistieron el ropaje azabache, los relámpagos trizaron el firmamento perforando la oscuridad como cuchillos luminosos, los truenos estremecieron el vacío, los rayos cuajaron en caídas incendiarias.

Muy pronto la atmósfera expresó un carácter horripilante; tremendo, arrasador.
Un vertiginoso remolino levantó la mariposa moribunda, y en veloz ascensión las juntó a las seis que aguardaban ansiosas. Otro remolino acató la alternativa, y continuando la misión las llevó al abisal refugio de la cavidad cósmica, depositándolas en el insondable regazo de lo desconocido.
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Cuando la calma estableció el andar de la normalidad, y el sol expandía el aliento para secar la tierra, las siete mariposas aunaron las alas formando un colorido semicírculo. En la faz del azul apareció una etérea curvatura luminosa, haciendo pie en las fronteras del infinito. El fenómeno brillaba alimentado por la voluntad del septeto de amigas, que aceptaron la muerte con tal de permanecer siempre juntas. Había nacido el arco iris.


Cual indestructible símbolo de unión, el arco iris surge después de cada temporal, a recordarle a los hombre que la amistad existe al otro lado de la lluvia.
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